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Terra
La Coctelera

La ciudad parece un mundo... si no se ama a un habitante

Madrid contigo, es otra.

Se refleja en el cielo y no se reconoce, saca a pasear sus calles a media tarde del sábado, y eleva el rostro en busca del cálido atardecer.La ciudad se esconde de sí misma, se retuerce en callejones infinitos y sus lágrimas resbalan sobre el asfalto, colándose por rejillas y alcantarillas...desbordando sus ríos mientras sueña con alcanzar el mar.

Madrid se repliega, se retuerce como buscando sus límites y fronteras, se abraza a sí misma en un laberinto incomprensible de calles, plazas, aceras, puentes y alfombras de asfalto y hormigón. Juguetea con las hojas que se desprenden de los árboles y se deja acariciar por ellas, a la vez que entona una melodía que aguarda tras las esquinas, donde sólo los enamorados pueden escucharla.

Madrid vibra al despertar con un súbito estruendo de alarmas y pitidos, y se lava el rostro en la primera niebla de la mañana, cúmulo de sustancias corrosivas y venenosas, gotas de rocío impuras. Se aspiran entonces los aromas ácidos y remotos traidos desde un mar que sólo existe en la memoria de los peces. Sus entrañas comienzan a revolverse, su interior más profundo se agita con el rechinar de las vías bajo tierra, y percibe un gesto de vida con el primer toque de cuerdas de una guitarra solitaria en el andén. Su propia melodía urbana se acopla entonces a esas primeras notas cálidas y verdaderas que surgen de su interior.

Y presiente que algo está a punto de ocurrir, al igual que tú y yo podemos percatarnos de que algo se turba y sacude en nuestro ser, al igual que sus habitantes sienten una punzada en el estómago (no se sabe muy bien si justo antes, cohetáneo, o justo después de que aflore un recuerdo)

El humo de chimeneas y calderas, tubos de escape, fábricas, industrias y cálidos hogares se nutre también de la hoguera junto a la que se agrupan los olvidados en un intento por percibir algo del calor que se les negó... Y la gran nube procedente del suelo flota, asciende hasta cubrir un cielo cada vez más próximo a nuestros pies; asciende junto con el humo del cigarrillo que fumo en el andén de la estación, mi nuevo nombre, Penélope, mientras veo como una vez más, te alejas...

A la mañana siguiente, la gran urbe se despereza, desplegando sus dedos de metal y alambre hacia el cielo. Puedo verlo desde aquí: hasta las antenas erguidas desde los tejados tiritan, se estremecen y lamentan tu ausencia.

No sé si esto está hecho para mí...

Qué opina la coctelera?

Alguien conocido me habló del blog, y más o menos me dio a entender que resultaría interesante ser un cubito de hielo más tintineando dentro de esta coctelera.

Sinceramente, pienso que tenía razón.

Razonablemente, no lo sé; me da la impresión de que soy demasiado inestable, paranoica, melancolica y empática para encontrar aquí el sitio de mi recreo...
(De entrada, creo que doy el perfil!)

Verdaderamente, yo también me aburro, me encuentro sóla todos los días con todas sus horas, me cuesta dormir por las noches, pienso que vivo sólo cuando salgo del trabajo, tengo miles de vocaciones frustradas que citaré en otra ocasión, tengo la sensación de no hacer nada útil que ayude a la gente, tengo desamores a los que no recuerdo, y un problema de autoestima considerable (vamos, que soy como todo el mundo)

Afortunadamente... no le doy más vueltas. He visto y oido cosas últimamente que no me hacen dudarlo ni por un instante. Lo siento pero... soy feliz. Y también soy todo lo anterior. Pero sobre todo soy feliz. Lo soy cuando me levanto media hora antes sólo para sentarme frente a la ventana de la cocina y poder fumarme el maldito-bendito cigarrillo de después del desayuno. Lo soy cuando llego al trabajo y veo que hay cosas por hacer de las que pueda aprender algo; cuando sé que mi familia está bien; cuando doy una cabezadita de veinte minutos en el sofá; cuando se aleja el verano y comienzo a acumular manta sobre manta en mi cama; cuando encuentro en el armario alguna camiseta olvidada suya que pueda ponerme para dormir; cuando cocino y sobre la marcha añado un nuevo ingrediente; y, al final de día, hay otro momento de felicidad metida en la cama leyendo un libro en espera de que gane la batalla el sueño.

Indudablemente... soy una persona normal, y como tal, me gusto a ratos.